sábado 20 de septiembre de 2008

Comentario a la reedición de El rincón de los niños por Rodrigo Pinto









http://www.lun.com/REVISTAS/CONTENIDOPAGINAV2.ASP?pagina=SAPRO010200809201H.SWF&fecha=2008-09-20&nomencRev=SA

viernes 22 de agosto de 2008

Comentario a la reedición de El rincón de los niños por Matías Rivas

martes 19 de agosto de 2008

LAS NUEVAS PUBLICACIONES DE SANGRÍA

Esperamos los resultados del Fondo de Fomento al libro en vano: nos dijeron que nuestra colección no tenía "coherencia temática". Obviando la tiranía del tema en la literatura, estamos publicando tres novelas que inauguran nuestra nueva colección Reserva de narrativa chilena. Un nuevo diseño de Joaquín Cociña -que hemos decidido llamar "nuestra guagua colorada"- indica que estamos frente a novelas polémicas y al mismo tiempo hermosas:

- El rincón de los niños de Cristián Hunneus, con un epílogo de Adriana Valdés y una nota inicial de Carlos Labbé.
- Carta a Roque Dalton de Isidora Aguirre, con un epílogo de Ernesto Guajardo y una nota inicial de Mónica Ríos.
- La sombra del humo en el espejo de Augusto D'Halmar, con un prólogo de Ricardo Loebell.


EL DRAGÓN DE KOMODO

Esta es la visión de Carlos Labbé sobre las microeditoriales el 18 de agosto, antes de leer un extracto de las respuestas del cuestionario que encontrarán más abajo:

"A pesar de que vivimos en una ciudad, en un país occidental, en un mundo moderno donde cada paso que damos, cada lugar al que accedemos y cada instancia de reunión con otras personas están previstos por las necesidades económicas de la producción industrial, de la identidad colectiva que necesita el trabajo en cadena y que inventa en las ficciones mercantiles –que llamamos publicidad, televisión o internet, indistintamente–, hay un medio de comunicación entre las personas que es realmente raro: el libro literario, pedazo de árbol anacrónico ante el cual las personas se quedan detenidas durante horas, de manera inexplicable, sin fabricar nada, sin moverse, en una conversación que excede la privacidad porque nadie puede oír a quien lee, ni entenderlo, ni estudiarlo, ni hacerlo que venda o compre algo en ese momento, ni controlar que no haga nada inapropiado.

Contradictoriamente, el libro ha sido uno de los pilares en la construcción del sujeto moderno: el libro inventó al individuo cuando todos éramos nación, el libro nos enseñó a leer, a escribir, a convertirnos en seres humanos modernos que queremos ver tele, comer pop corn, ir al estadio y estar siempre insatisfechos de nuestra vida. El libro, también, es un negocio que factura millones de millones de millones en el mundo civilizado, y cada año aumentan las ventas de esas extrañas empresas que hacen dinero de la actividad más silenciosa de todas. ¿Cómo hacer para que el libro vuelva a ser un medio inasible, arcaico, gratuito? ¿Cómo pueden vivir en un mundo de permanente trabajo aquellos que tienen el oficio antiguo de fabricar libros sin otro interés que permitir una vía de conocimiento profundísima, intensa y única al individuo a través del texto, los editores?

Les presento al Dragón de Komodo, el reptil de mayor tamaño en el mundo. Vive en la mayoría de las islas de Indonesia, entre el Asia suroriental y el norte de Oceanía. A pesar de que mide entre dos y tres metros, y que pesa entre ochenta y ciento cuarenta kilos, es un animal lento e introspectivo que sólo come carne en descomposición. Para matar a su presa no se da el trabajo de correr detrás de ella y atraparla, sino que se desliza cuidadosamente entre la arena, las rocas o el agua para darle una sola mordida profunda en cualquier parte del cuerpo. Luego se aleja, se sube a una roca y espera. En algunas horas el animal mordido por el Dragón está muerto y empieza a podrirse, ya que su saliva tiene más de ochenta tipos diferentes de bacterias que provocan una septicemia inmediata en la carne donde se adhieren.

Los Dragones de Komodo son individuos solitarios. Suelen movilizarse en pareja, y a veces se reúnen hasta con diez congéneres para nadar.

Como el animal más grande de Indonesia que es, desde hace más de cinco mil años los habitantes de esas islas mantienen una serie de ritos alrededor de su figura. Uno de los más importantes consiste en visitar en primavera las playas de Komodo, donde los Dragones se aparean con movimientos inusualmente gráciles y rápidos para sus enormes cuerpos, y se vuelven irascibles y celosos de su territorio. Tan antiguo también es el oficio del remador de Komodo, que echa al mar –en los principales pueblos de las islas– su canoa grande para ofrecer el viaje de visita a los dragones, que desde siempre ha tenido un carácter iniciático entre los jóvenes lugareños, que a los catorce años se ponen a prueba de que son capaces de nadar en las azarosas costas primaverales de Komodo y volver vivos a la canoa. Por eso desde el año 1912, cuando por primera vez el holandés Peter A. Ouwens, director del museo de Yakarta, dio a conocer en un Simposio de la Sociedad Científica de París una descripción y un dibujo del Dragón, con énfasis en la peligrosidad de su mordida, los gobernantes ingleses y holandeses de Indonesia prohibieron la navegación civil en las aguas de Komodo. La vigilancia se hizo estricta desde 1926, cuando W. Douglas Burden capturó veinticinco ejemplares en la isla y lanzó la hipótesis –comprobada en laboratorios de Chicago, Estados Unidos, en 1974– de que los Dragones de Komodo son los únicos animales prehistóricos que viven en nuestra era, y que se han mantenido sin evolucionar en esas islas desde hace ciento treinta y seis millones de años.

La prohibición de navegar en embarcaciones livianas las costas de Komodo, y de visitarlas por motivos que no fueran políticos, militares, turísticos o científicos, se mantuvo hasta 1945, cuando Indonesia se independizó. En el intertanto, las autoridades europeas fundaron veinte zoológicos en distintos poblados de las islas, desarrollaron programas de inserción de animales domésticos en las casas y departamentos de los habitantes de Yakarta, realizaron una importación masiva de aves desde las islas canarias, en vano: año a año jóvenes y viejos indonesios se negaron a tener gatos o perros en sus casas, a alimentar a los pájaros enjaulados que les regalaba el gobierno, a subirse a los buses especiales que ponían a su disposición para visitar los zoológicos los días festivos. Incluso se construyó una reserva natural que permitía a los habitantes de las islas cercanas recorrer un sendero donde, detrás de rejas, podían observar a los Dragones sin peligro. Pero nada funcionó. Cada primavera siguió existiendo –de manera clandestina, la mayor parte de las veces de noche, cuando había luna, en complicidad con la policía local– el oficio del remador de Komodo, hombres cuyos músculos, ojos y respiración estaban especialmente preparados para surcar las aguas y llevar a los jóvenes deseosos de ser iniciados en el nado por aguas peligrosas, y a sus familiares que necesitaban presenciar el encuentro entre esos cuerpos nuevos de su familia y esas criaturas enormes, antiguas, apacibles, corrosivas, enigmáticas a las que temen y admiran.

Quizá sea necesario agregar que actualmente –como siempre en sus millones de años de existencia– se ha anunciado que los Dragones están a punto de desaparecer. Las organizaciones zoológicas mundiales, por supuesto, tienen a este animal en su lista roja de especies amenazadas de extinción. Y nosotros, los editores de las diecisiete microeditoriales que estarán celebrando esta semana y todas las microeditoriales que existen, queremos ser los remadores de Komodo.

A continuación queremos presentarles a las diecisiete microeditoriales que estarán con nosotros esta semana, en cada mesa de discusión, lectura transmedial, conversando con una copa de vino en la mano o un libro.

En enero de este año hicimos una investigación para dar con las microeditoriales que existen en Chile, y también en otros países de habla castellana de nuestra América. A muchos los contactamos por correo electrónico, a los menos los llamamos por teléfono, y trece de los editores autogestionados chilenos nos respondieron que les interesaba juntarse a conversar de todo esto. Luego invitamos a cuatro microeditoriales de otros países, dos argentinas, una peruana y una mexicana, y todos dijeron que sí, encantados. Así que a esta fiesta vendrán:

1. Sangría Editora
2. Ediciones Mantra
3. Ediciones Frontera Sur
4. Ediciones Puerto de Escape
5. Ediciones de la Calabaza del Diablo
6. Ediciones Lanzallamas
7. Editorial Ciertopez
8. Colectivo Lingua Quiltra
9. Ediciones del Temple
10. Editorial Estruendomudo (Perú)
11. Ediciones Tácitas
12. Interzona Editora (Argentina)
13. Metales Pesados
14. Editorial Mansalva (Argentina)
15. Editorial Sexto Piso (México)
16. Editorial Problema
17. Ripio Ediciones
18. Ediciones Animita Cartonera

Obviamente, antes de bailar y soplar velas es necesario hacerse amigos. Conversar. Conocer quién va a ser tu invitado, con quiénes vas a estar en el viaje, qué es lo que le interesa a esos primos tuyos a quienes nunca has visto pero sabes que tienen tanto en común como diferencias. Entonces nos sentamos a escribir un cuestionario sobre cada uno de los puntos que nos parecen relevantes en el problema de la creación editorial, de las concepciones literarias, del funcionamiento concreto de un sello minúsculo de publicación en el mundo, de las relaciones culturales que podemos establecer entre nosotros, de nuestro vínculo con las sociedades en que vivimos, de lo local, de lo particular, lo general, lo internacional, lo global.

Y estas fueron las preguntas, estas fueron las respuestas."

Palabras de bienvenida

Yo, Mónica Ríos, presenté el Festival de Microeditoriales el lunes 18 de agosto como a las seis y media así:

"Estimados editores y amigos,

Estamos aquí porque sabemos que durante los próximos cinco días se va a desarrollar en las instalaciones del Centro Cultural de España y de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP, el Festival de microeditoriales. Durante la organización de este evento surgieron varias preguntas, por parte de las personas invitadas a participar y que rechazaron la invitación, o por parte de los interesados en venir: ¿qué es una microeditorial? ¿Por qué no hablar de editoriales independientes? ¿Por qué llamarlo Festival en vez de algo más serio como “encuentro” o “charla”, o ponerle otro nombre cualquiera como el que se organizó en Perú hace poco con un ánimo parecido? Y luego, ¿por qué no invitar a los organismos institucionales vinculados al libro, como Cámara chilena del libro y la Asociación de Editores independientes? Y, por el absoluto contrario, ¿por qué siquiera involucrar instituciones en esta conversación?
Todas ellas tienen respuestas que espero se resuelvan a medida que pasen los días, pero parece necesario declarar el punto de vista de los organizadores que expliquen el porqué de todas estas cosas.

Cuando Sangría Editora envió un comunicado sobre el primer libro que sacó como editorial a principios de este año, recibió un llamado de Natasha Pons. En ese momento, verano aún, ella estaba planeando un festival de autogestión que involucrara las artes plásticas, publicaciones como revistas, sellos de música y no tengo claro si otra cosa más. Este correo gatilló en ella el interés de ampliar este festival a la autogestión literaria. Gestión implica, enmarcado en este espíritu, preguntarse por los organismos o esfuerzos por llevar a la producción literaria más allá de los límites de los que la producen. Más tarde en nuestra organización, se involucró otra persona, Jovana Skármeta, que coordina el Magíster de edición de la Universidad Diego Portales, una instancia que está preocupada, siguiendo la moda española, de profesionalizar el oficio de la edición o por lo menos de organizar el conocimiento previo que hay sobre este trabajo en nuestro país. Se podría decir, entonces, que en la organización de este festival, más que instituciones, hay personas.

Se podría decir eso, claro, pero no se puede soslayar el hecho de que estamos una vez más, la literatura, los editores y la lengua, amparados bajo el ala cultural de España y de la universidad. Mucho tiempo ha pasado ya desde la colonia territorial, para llegar a esta otra forma de presencia que transforma las líneas por medio de las cuales las instituciones y su marco ideológico se hacen presentes en nuestra cotidianidad. Sin duda, la mirada externa nos detecta, nos organiza, y nos devuelve al mundo como una entidad constituida y reconocible.
Creo que estos cinco días deberían decir lo contrario: todas las diecisiete editoriales que participan en este festival no constituimos una entidad gremial ni empresarial; no nos estamos organizando para hablar sobre el IVA del libro (aunque eso nos preocupe en alguna medida) ni para exigir al Estado y a la Cámara de Comercio cosas que puedan optimizar nuestra gestión empresarial, a pesar de que se nos ocurran muchas cosas que pueden mejorar la presencia o la manera en que vive el libro en Chile.

Entonces, debo decir, las instituciones, sí, nos han prestado lugar donde podamos cobijarnos y plata para invitar editores de otros países que nos relaten experiencias que pueden alimentar la discusión. Pero este evento no es institucional. Me parece que por ahí va el espíritu de lo que es una microeditorial, un término un poco amorfo que nadie sabe bien qué significa más que los que propusimos este nombre para denominar a un volumen de trabajo, a una cantidad de personas y a proyectos literarios reales que plasman miradas sobre la literatura y la letra.

Una microeditorial es una editorial independiente, por cuanto este término se refiere a una entidad económica-ideológica compleja y que manifiesta que los capitales que conforman el proyecto editorial no están sujetos a ningún conglomerado económico ni político. Más bien, manifiesta la intención de poner en marcha ideas ligadas a la política en sentido amplio y etimológico, esto es, como parte de lo que está sucediendo ahora en nuestra polis. Sin embargo, no tomamos ese nombre, el de editoriales independientes, porque aquí en Chile esa categoría denomina un tipo de proyecto un poco distinto al que nosotros convocamos aquí: las editoriales independientes en Chile son grupos, empresas pequeñas o medianas donde entre cuatro y nueve o más personas se han dividido las tareas siguiendo el modelo industrial; estas empresas ubican a sus dueños como los portadores de ese sistema de ideas y del gusto, haciendo que el sello y el nombre de la persona vayan de la mano o sean casi lo mismo; además, realizan una tarea de campo al reunirse en una asociación que busca reconocimiento a nivel parlamentario y ministerial. Con todas esas cuestiones positivas y negativas, las microeditoriales no tienen ese carácter.

Debemos reconocernos: somos menos personas las que trabajamos en cada uno de estos proyectos, cuyo sustento depende de la consistencia del proyecto editorial. Hay un trabajo artesanal y de amor al libro que invocan a su contenido, a su posibilidad como ente comunicador, y a su propuesta física, todas partes de un proyecto que nace de la participación de una a tres personas en la totalidad del proceso de producción de un libro. De ahí también la dificultad de que nuestras creaciones tengan la misma presencia que los productos hechos bajo un esquema de la división del trabajo: la poca posibilidad de aparecer en la prensa, el bajo número de las tiradas, los problemas de distribución, la irregular relación con los libreros y con el público. El conocimiento de nuestro campo de acción que nace de haberse dedicado o participado en cuanta cosa se nos pase por delante, ya sea como trabajo que da plata o como parte de un trabajo intelectual, nos invita a operar bajo otros esquemas: arrojo en el proyecto creativo, libertad de ponerlo en circulación. Las dificultades que alimentan el espíritu del proyecto producen maneras alternativas de concretar los proyectos, así como la experimentación y la búsqueda de nuevas manifestaciones y medios para la edición.

Estas son algunas cosas que se me ocurrieron que cada una de las editoriales micro pudieran tener en común y a diferencia de las llamadas en Chile editoriales independientes. Por eso el nombre –microeditoriales– que sacamos de la tradición francesa. No se trata esto de que estas características que mencioné queden firmemente establecidas, pues más de alguno de los dedicados a la edición de este tipo no estará de acuerdo con alguna de ellas. Para eso es este festival: una celebración de todo lo que nos reúne y lo que nos hace divergir, una pelea alegre, una risa triste, todo en base a la generosidad de prestar oído a los otros y responderles sin la intimidación que a veces nos da lo público. La invitación es para que podamos definir por lo menos algunos puntos que nos ayuden a retomar nuestros proyectos a sabiendas de que hay otros que buscan cosas distintas con medios parecidos.

Por último, esta semana no hubiera sido posible sin la colaboración del CCE y del Magíster de edición de la UDP, y sus responsables Natasha y Jovana que ya mencioné. Pero también de Carlos Labbé, mi compañero de vida y de edición en Sangría Editora, y yo, Mónica Ríos.
Gracias."